Un pequeño pueblo, en el que las ráfagas de viento eran grandes protagonistas en los meses de invierno. Apenas algunos habitantes, que se resistían a abandonar toda una vida, donde las paredes habían sido testigo de grandes alegrías y penas, de acontecimientos que hacían parar el tiempo, de compañerismo y conversaciones en la
acera con un par de viejas sillas y muchas anécdotas que narrar a la luz de la luna.
Pequeños detalles que se iban esfumando, la gente los había olvidado, y había hecho sus vidas fuera de la naturaleza que todo empezaba a cubrir.
Ella no se resistía, aun contemplando impasible cómo la soledad se instalaba en cada esquina de las pequeñas calles del pueblo. Ya no tenía nadie con quien hablar, ni tiendas a las que ir a comprar, ni transporte que le llevara hacia mejores tiempos.
Qué triste historia...Aunque la luna siempre está ahí para acompañarnos ;-)
ResponderEliminarPero cualquier motivo es bueno para volver a leerte pequeña.
¡Un besito!
Si las sillas, las paredes, las eras y los corrales de los pueblos hablaran... la pena es que la vida en los pueblos se está perdiendo y bueno, las iniciativas de recuperación de espacios rurales basadas en casas rurales o repoblaciones no tienen nada del espíritu de estos lugares. Bonito post canija.
ResponderEliminar¡¡Actualiza!!
ResponderEliminar¡¡Y que se desnude!!
P.D.: sobre todo lo segundo