Un pequeño pueblo, en el que las ráfagas de viento eran grandes protagonistas en los meses de invierno. Apenas algunos habitantes, que se resistían a abandonar toda una vida, donde las paredes habían sido testigo de grandes alegrías y penas, de acontecimientos que hacían parar el tiempo, de compañerismo y conversaciones en la
acera con un par de viejas sillas y muchas anécdotas que narrar a la luz de la luna.
Pequeños detalles que se iban esfumando, la gente los había olvidado, y había hecho sus vidas fuera de la naturaleza que todo empezaba a cubrir.
Ella no se resistía, aun contemplando impasible cómo la soledad se instalaba en cada esquina de las pequeñas calles del pueblo. Ya no tenía nadie con quien hablar, ni tiendas a las que ir a comprar, ni transporte que le llevara hacia mejores tiempos.